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Volver a mi Quito

Quito, 2005

Son las seis de la mañana. Este es mi primer amanecer después de tantos años fuera de Quito. Abro las cortinas para dejar a los sutiles rayos de sol envolver la habitación. Lentamente el cuarto se inunda de un calor especial ¡Cuánto tiempo sin aquel calor! En Suiza tuvimos que comprar una lámpara especial para recrear un poco este sentimiento único y así poder despertarme más fácilmente en aquellos inviernos despiadados donde el sol no sale antes de las ocho de la mañana.
Las noticias hablan de un Ecuador inundado en corrupción, inestabilidad política y desengaño. El fatal sonido de un avión que pasa haciendo vibrar las ventanas de la casa y enloqueciendo las alarmas de los carros del vecindario, me recuerda que el aeropuerto está en medio de la ciudad y a tan sólo cinco minutos de donde mis padres viven ¿Cómo pude antes aguantar semejante ruido?
Mamá me prepara el desayuno como siempre: con frutas frescas, batidos, jugos, mermeladas, queso tierno, pan de maíz y pan centeno. Ahora tengo la suerte de compartirlo con mis padres. Estoy feliz.
Salgo a la calle a hacer diligencias. Me siento inquieta e insegura, el tráfico sigue siendo insoportable y el aire se ha vuelto irrespirable. Quito ha cambiado desde que me fui. El trolebús, es el nuevo servicio de transporte de norte a sur. La ciudad parece modernizarse con todos esos altos edificios en construcción. Están planificando extensas avenidas que rodearán la ciudad. Por todos lados se ven nuevos puentes y redondeles. ¿A dónde se fueron los mendigos? Ahora las esquinas están llenas de vendedores ilegales. Las calles están ya casi sin huecos, están porfin pintadas con señales de tránsito.
A la una de la tarde entro a mi restaurante favorito para comer un ceviche de camarón. Una señora y su bebé se instalan atrás mío, somos los únicos clientes. Ella pide un jugo y comienza a amamantar a su bebé. Yo disfruto de mi ceviche con patacones, tostado y canguil. Minutos mas tarde, me doy cuenta de que ya no tengo cartera, desesperada, miro a mi alrededor, la señora y su bebé no estaban, el jugo había quedado en la mesa a medio terminar. Siento impotencia, ira, decepción. No sentí nada.
El vía crucis de la sacada de papeles comienza y vuelvo a vivir el Ecuador desde adentro: trámites, colas, espera, “vuelva luego”, en fin, nuestra consabida burocracia…
Todos los que escuchan mi asustado relato, me cuentan automáticamente sus experiencias similares. Los robos parecen ser cosa de todos los días. Siento poco consuelo. Son más de diez años que vivo en Suiza y me he acostumbrado a una cierta seguridad que me da mucha calidad de vida. A pesar de tantos malos tratos, los ecuatorianos siguen optimistas y alegres. No hay fiesta que no se festeje, con dinero o sin dinero, con robos o sin ellos. Su filosofía sigue siendo: el mal momento pasó, la vida sigue. Si, es verdad, pero no puedo contagiarme de su alegría. Parecería que perdí aquel arte del “borrón y cuenta nueva”.

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