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Los doctores y la sopa de pollo

(Lucerna 2005)

Sin duda, uno de los mejores amigos de una familia sudamericana es el doctor. Aquel personaje que se preocupa en contestar el teléfono a cualquier hora del día para ayudar a la tía o a la abuela en sus dolencias y a la madre desesperada por los lloriqueos de su hijo.

En mi infancia y en mi adolescencia, el doctor estaba siempre cuando se lo necesitaba. ¿Dolor de muelas, de cabeza, de garganta, de oídos? No importaba, él siempre tenía una solución y el medicamento adecuado. Su receta médica no solo curaba malestares, sino apaciguaba la preocupación familiar. En Ecuador muchas personas se dirigen a los doctores llamándolos “mi doctor”.

A pesar de que me esfuerzo para llegar a tener la misma confianza con los doctores que me atienden en Suiza, se me hace difícil el establecer un trato informal y relajado con ellos. Aquí soy tan solo una paciente más que tiene que pensar bien antes de pedir una cita pues no se debe molestar al doctor por pequeñeces que podrían solucionarse en la farmacia de la esquina.

Hace dos semanas tuve la mala suerte de “caer en cama” con una fiebre de casi cuarenta grados. Temblando y transpirando, organicé quien cuidara de mis tres hijos -pues mi marido estaba de viaje- y me dirigí al consultorio del doctor que aquí lo llaman: doctor de familia. Una ocupada señorita me contestó apuradamente el saludo, advirtiéndome que no tenía cita y que sería imposible ser atendida por la mañana. Con una fiebre tan alta, no estaba en la mejor de mis condiciones para discutir, así que lo único que pude hacer fue arrimarme a la pared y esperar que alguien se apiadara de mi estado. Al fin, la señorita se dio cuenta de la gravedad del asunto y fue a llamar a doctor.

Horas más tarde, me encontraba sola, nuevamente en mi cama, rodeada de una botella de agua, antibióticos y revistas. La inconformidad y la soledad me hicieron recordar la última vez que estuve tan débil. Fue hace dos años, en Ecuador, durante mi último embarazo debido a la cantidad de veces que tuve que vomitar. Allí también me encontraba tendida en la cama como un gusano herido. Estaba en la casa de mis padres, atendida por ellos, la señora que les cocinaba y bajo el cuidado de mi ginecóloga. Cada mañana venía alguna tía o sobrina a visitarme, junto a mi había siempre una jarra de jugo fresco de naranja, otra jarra llena de té, un platito con los medicamentos necesarios, otro con frutas y tenía siempre a mi alcance un plato lleno de una magnífica sopa de pollo, hecha por mi tía abuela.

Volviendo a la fiebre de hace algunas semanas, el problema era que no cedía y nos comenzamos a preocupar. Esa misma mañana, mi marido tomó el primer avión que lo retornaría a Suiza para ayudarme y ocuparse de mí, de la casa y de los niños. Apenas llegó, cocinó, arregló, dio de comer a los niños y los mandó a la escuela. Preparó pan, limpió la cocina y me trajo las últimas revistas de moda y economía.

-¿Qué más necesitas?- me preguntó preocupado.

-Por favor, dame una sopa de pollo.- Le contesté con voz temblorosa.

- ¿Sopa de pollo? ¿Y eso, cómo se hace?-

Mis ganas de comer la sopa eran tan grandes, que lo único que se me ocurrió en aquel momento de debilidad fue decirle que ponga un pollo en agua con una zanahoria, una cebolla y un cubo de sopa de pollo. Como mi fuerza desaparecía con cada palabra, evité explicarle lo del refrito, la alverjita, el apio, el perejil…

Algunos minutos después, mis narices alcanzaron a oler el pollo cocinándose con las verduras, una cálida sensación de hogar me cobijó transportándome a la casa de mis padres. El cantar de mi marido me hizo volver a donde mi cuerpo estaba. El subía feliz las gradas y haciendo alarde de llevar consigo la mágica y exquisita sopa que curaría todos mis males.

Y así fue, no solamente que me curó de la infección, si no también me hizo sentir el calor de mi nuevo hogar, a pesar de que la cebolla y la zanahoria no estaban picadas.

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