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La palanquita ecuatoriana

Quito, 2005

Desde que volví al Ecuador de vacaciones, los días pasan agradablemente en Familia y con buenos amigos. El calor humano es único, el ambiente informal de las reuniones imponen sutilmente a la “espontaneidad” como la reina de nuestra cultura. Aquí se está listo para las visitas espontáneas pues el arte de poner más agua a la sopa es ya una tradición ¡Cuánto extrañé este ambiente informal!
Me pregunto si voy a sentir nostalgia de Suiza…de todas maneras han sido trece años de vivir allí. No todavía, aún es muy pronto. El digerir el regreso al Ecuador me mantiene ocupada y además con cierto temor pues descubro que todo lo que un día me fue habitual, se me hace ahora un tanto extraño.
Seguramente tengo que volver a poner aceite en aquella palanquita que aquí todos parecen tener y que funciona automáticamente ante cambios, sorpresas o situaciones inesperadas, dejando pasar la flexibilidad y los poderes mágicos de adaptación rápida. Me es imperativo dejar de aplastar el acelerador porque compruebo que la vida está llena de otras cosas que no sólo son el trabajo, la competitividad y las responsabilidades. Debo además encontrar, cuanto antes, el mismo “gel anti-golpes” que solía usar en ojos y corazón para poder mirar nuestra desigualdad social. Suiza me la hizo olvidar, allá si, todos somos iguales. En Ecuador todos seguimos siendo diferentes. El reencontrarme con la realidad ecuatoriana después de tanto tiempo de vivir lejos no es fácil. Se podría decir que estoy pasando por un segundo período de integración. Si reintegración en mi propio país. La enorme diferencia es que cuento con mi familia y con un pueblo mucho más abierto, alegre, sonreído y cariñoso que hace que mis dificultades de integración sean más llevaderas.

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