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El amor y su precio

Una joven vietnamita pequeña y extremadamente flaca era la que más dificultad de aprendizaje tenía. Las clases de alemán eran horas de martirio y soledad para ella. Cuando la miraba desde mi puesto me parecía que sufría de nostalgia aguda, seguramente extrañaba a su familia, como yo. Nunca hablaba con nadie, nunca miraba ni a la profesora ni a ninguno de nosotros sus compañeros. Desde que la clase empezaba, ella hundía su cabeza entre sus hombros y con sus manos tapaba su rostro. Lo único que lográbamos ver, era la pequeña calva que su infelicidad le estaba creando en su cabeza.
Y es que aprender alemán en Suiza era muy difícil. Al idioma alemán había que buscarlo. Lo poco de alemán que yo había logrado aprender en el Ecuador parecía no servirme, pues lo que se hablaba en las calles era el suizo-alemán. Mis compañeros no tenían ese problema, ellos eran refugiados políticos, venían en su mayoría de Serbia o Croacia. El suizo alemán lo habían aprendido en la calle. A ellos no les importaba si lo hablaban mal o bien, lo importante era sobrevivir y tratar de hacer rendir toda ayuda que el estado suizo podía darles. Una de ellas era asistir gratuitamente a la escuela de alemán. De los quince alumnos, tan sólo cuatro pagábamos las clases de nuestros bolsillos. El interés de la mayoría por aprender el idioma era nulo, lo que repercutía en la calidad y la eficiencia de las clases. Si yo quería sacarte todo el provecho a mi inversión tenía entonces que estudiar mucho en mi tiempo libre…no era bueno ponerse a reclamar entre croatas y serbios. Nuestra profesora lo sabía y trataba de ser lo más neutral posible. Ella se llamaba Eliana, tenía 25 años, era suiza, alta, delgada y llevaba su pelo castaño claro recogido en una cola de caballo mal hecha. Eliana se esmeraba en hablarnos en un alemán sin acento suizo ¡Imposible! El dialecto suizo era tan poderosamente fuerte que aniquilaba la fonética de cualquier otro idioma. Lo bueno era que Eliana era dulce, paciente y muy, muy amable. Sus clases eran para mí, como estar en un pequeño paréntesis de felicidad fuera de casa. A pesar de tener una profesión, ella había decidido volver a estudiar para obtener su bachillerato y seguir estudiando en una universidad ¿Obtener el bachillerato con 25 años?…¿Hijos? No, para ella no había apuro. Eliana lo tenía todo planeado: primero tenía que obtener su nueva profesión, luego ganar experiencia trabajando, después había que preocuparse por conocer al príncipe azul para vivir con él, casarse, comprar una casa y luego tener hijos para poder ocuparse de ellos personalmente ¡¡Mi profesora iba a convertirse en madre a la edad en que mi mamá se convirtió en abuela!! Y yo que estaba desesperada por ser mamá…
En las clases de alemán se aprendía siempre algo, la única que no lo hacía era nuestra triste vietnamita que siempre estaba desconectada del mundo. Un día cuando Eliana traba de aclararnos la palabra pistola en alemán, se acabaron los días solitarios y grises para nuestra compañera.
- “PEN! PEN! PEN!” gritó Eliana poniéndose en posición de franco tirador y dando disparos imaginarios con el pulgar y el índice por toda la clase despertó al fin a nuestra compañera quien brincando enseguida de su asiento, gritó asustada: ¡¡PRESENTE!!
¡El estallido de carcajadas no se hizo esperar! Pen, había sido el nombre de la pequeña asiática a quien se le dibujó una hermosa sonrisa en su rostro. La profesora la había tomado en cuenta y ella se sentía feliz. Nos enteramos entonces que Pen no poseía nada, ella había huido en un bote de Vietnam en tiempos de guerra. Su hermana la había traído a Suiza para tratar nacionalizarla casándola con un suizo. La dinámica del grupo cambió enseguida. Ella comenzó a interactuar con nosotros, a comer mejor, a reír y a participar en clases. Pen y yo hicimos amistad, ella fue mi primera amiga en Lucerna. Aunque no podíamos hablar en un mismo idioma, nos necesitábamos tan sólo por el hecho de estar solas en un país donde nos moríamos de frío y no hablábamos el idioma ¡Era maravilloso poder contar con la compañía de alguien! Un buen día, antes de terminar los nueve meses de escuela, Pen se fue. No supimos ni porqué ni dónde.
Seis años más tarde, Pen me llamó por teléfono ¡¡Qué emoción, pensé, estaba feliz de que ella se había acordado de mí!! Mi primera amiga en Lucerna, no podía dejar de preguntarme ¿Cómo estaba, qué había pasado con ella? Nos encontramos en un lindo parque que colinda con la biblioteca estatal de Lucerna. Ella no había cambiado, seguía delgada como una espiga, la única diferencia era su pelo frondoso y de un negro azabache. Al vernos, nos abrazamos emocionadas, todos nuestros recuerdos de los primeros años de dificultades, frío, e integración volvieron a nosotros como por arte de magia. Me atrevería a decir que lloramos sin lágrimas, no sé si por los recuerdos o por la emoción de sentir que una linda amistad duró todo este tiempo a pesar de la falta de noticias. Yo ya era mamá de dos niños y estaba en espera de mi tercero. Pen todavía no se había casado. Los candidatos nunca le faltaron pues su hermana se había ocupado de poner anuncios para que ella pueda conocer a un suizo, casarse y quedarse trabajando para ella. Sin embargo fueron justamente esos mismos planes los que la asustaron y la hicieron regresar a Vietnam. Ella prefirió regresar a la pobreza e inseguridad a no respetar su amor propio. Pen creía en el amor y ella quería encontrarlo. Una vida como la de su hermana, casada con alguien que no amaba, no se la podía imaginar. Pen no me había buscado para saludarme, Pen me había buscado para despedirse definitivamente.

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