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Después de la diáspora?

Columna Periódico Hoy Ecuador (they closed the news paper, this is so sad…)

Lucerna 23.06.2006
¿Qué migrante no se ha sentido desesperado, sin fuerzas y con unas ganas locas de volver a encontrar lo que dejamos?
El primer paso se dio: salimos del país ¿La razón? No importa, es igual cuando se trata de sobrevivir en el nuevo destino. Vivimos en países lejanos y diferentes al nuestro. La triste despedida quedó en el pasado, el extrañar lo nuestro viene a convertirse en un presente incierto que golpea el alma.
Algunas veces las dificultades con la cultura, el clima o el idioma hacen que nos convirtamos en anzuelo fácil de la soledad y la depresión. Corremos el riesgo de caer en un obscuro hueco donde el único alimento es el recuerdo de lo que fue. Es un lugar que no es ni de aquí ni de allá que tuvo un principio y que parece no tener fin. Esa es mi definición de nuestro limbo, pues aún quienes hemos tenido la suerte de regresar a nuestros países para calmar las penas, nos hemos damos cuenta de que el regreso es sólo algo placebo, pues pocos meses después, el descontento y la tristeza vuelven a rondar por donde estemos. El vivir de los recuerdos no nos renueva, al contrario, nos estanca. Hallarse en el limbo no nos deja pensar claro, ni identificarnos con lo que somos.
Sentirme feliz en el lugar donde escogí vivir es mi reto, pero ¿Cómo lograrlo? Aquí les cuento mi odisea.

Mis primeros años en el extranjero fueron frustrantes en lo que a integración se refiere. Mi problema fue el confundir integración con flexibilidad sin límites. Creí erróneamente que, al integrarme en Suiza, debía aceptar incuestionablemente sus reglas y estructuras rígidas, a tal punto que llegué a olvidar lo mío, mi esencia ¿Porqué? ¿Fue necesario? Al principio pensé que si. La sociedad suiza demanda mucha disciplina, acción individual, perfección, puntualidad y yo soy una latina perfeccionista que quería dar el todo por el todo. Al adoptar estas nuevas formas, me di cuenta enseguida que no eran compatibles con mi espontaneidad, mi alegría, mi flexibilidad y la virtud de no complicarme la vida. Además sentí que los suizos que me rodeaban se sentían como estar al lado de un volcán en explosión. Esto me incomodaba mucho.
Fue una etapa difícil de olfateo y de lucha que duró por lo menos diez años. Tiempo en el cual entendí que la autenticidad no tiene precio. Para integrarse no sólo hizo falta aprender el idioma, conocer y respetar las leyes de la nueva cultura, comprender su historia y respirar su presente, no. Integrarse es además un reto personal de encontrarse a uno mismo y saber poner en una balanza la esencia personal y lo nuevo, lo adquirido ¿Los ingredientes más importantes? La tolerancia y la humildad.
Estoy integrada y feliz. Mi espontaneidad, mi alegría y mi temperamento latino ya no causan miedo ni problemas, al contrario, estas diferencias son ahora bienvenidas y apreciadas porque yo soy quien primero las amo y respeto. Ahora soy especialista en el arte de combinar las mejores características de mis dos culturas.

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